viernes, 5 de agosto de 2016

Rajoy «bogartiza» la designación


Publicado originalmente en El Español, el jueves 4 de agosto de 2016

«Por sus hechos los conoceréis», aseguran los siempre sabios Evangelios. Y a ese enigmático personaje de la actual política española, prototipo de una forma de actuar basada en la no actuación, que es Mariano Rajoy, es preciso comprenderlo por los hechos, aunque los hechos no lo sean o precisamente por eso.

Comprendo que al lector le resulte confuso este primer párrafo, pero es que nada hay que sea más confuso que este hombre.

Pero intentemos aproximarnos a él. Tengo para mí que el concepto del poder que tiene Mariano Rajoy es decimonónico, por no decir que predemocrático -y ello sin que pretenda acusar al presidente en funciones de fascista o de dictador o de otra cosa parecida-. No, Rajoy corresponde a otra situación. Forma parte de las especies políticas ya extintas o en peligro de extinción que piensan que no es preciso luchar por el poder, porque el poder se recibe como fruta madura cuando ha llegado el momento.

Rajoy ha logrado volver del revés el reloj de la historia: donde ayer reinaban los caciques, hoy lo hace la pereza
Ejemplos de este tipo los hay sobrados en la historia política española. Sin ir más lejos, el sistema que definía la Constitución canovista de 1876 y que se conoce como la Restauración -porque en efecto restauraba la monarquía en España en la persona de Alfonso XII-, establecía una soberanía compartida entre las Cortes y el rey, y el método habitual de obtener el poder y conservarlo durante algún tiempo consistía en que en su nombramiento el candidato recibiera junto con el encargo el decreto de disolución. La maquinaria caciquil imperante garantizaba una comodísima mayoría parlamentaria.

No es ese el sistema actual, pero se diría que Rajoy ha recreado el artificio de volver del revés el reloj de la historia. Claro que de una forma diferente a la referida. Obtenido el control del partido por la sucesión del presidente anterior, y vaciado este de políticos, ha transformado lo que fuera una organización por unas simples siglas. Ya solo queda un presidente y unos fieles votantes -cuanto más provectos más fieles-. Y esperar el momento. No hacen falta grandes campañas electorales, llamar a la convicción de los electores, dotar de brillantez los debates... Esa era la maravilla -deberá pensar nuestro personaje- de la política restauracionista. Donde ayer reinaban los caciques, hoy lo hace la pereza de uno y el aburrimiento de los más.

Recordemos su historia. Rajoy no presentó una moción de censura contra Zapatero, cuando España se iba por el fregadero, y prefirió esperar sin mover un solo dedo a que el país le otorgara la mayoría absoluta. Rajoy no gestionó la crisis, prometió hacer lo que le pidiera Merkel, y cambió déficit por deuda. Rajoy no cumplió su propio programa, ni siquiera el que no tenía contenido económico, y esperó tranquilamente a que su ministro de Justicia le presentara la dimisión. Rajoy no aceptó el nombramiento del rey en la XI Legislatura, esperó a que la repetición de las elecciones mejorara sus resultados.

No ha dicho que 'no' a la candidatura por si al rey se le hubiera ocurrido ensayar otra fórmula, sólo por eso
Y Rajoy no irá a la investidura aunque haya aceptado la nominación de Felipe VI. En su película de 1971, Taking Off, Milos Forman describe a unos padres de jóvenes adolescentes que pretenden conocer el motivo de la adicción de sus hijos a las drogas blandas y se encierran a fumar marihuana. A uno de ellos parece gustarle mucho y no suelta el porro. ¡No «bogartices»!, le espetan (el término parece que tenía que ver con la costumbre de Bogart de tener siempre un pitillo entre las manos o en sus labios). Pues Rajoy bogartiza la designación. No ha dicho que no, por si al rey se le hubiera ocurrido ensayar otra fórmula, nada más que por eso.

Encargará, eso sí, un informe jurídico a la Abogacía del Estado o a quien sea, de la mano de la vicepresidenta en funciones, que le ampare para incumplir el artículo 99 de la Constitución y esperará a ver qué pasa con el escándalo que se montará a continuación. De modo que antes de recurrir al precedente de la Asamblea de Madrid con el «tamayazo» y de que se convoquen terceras elecciones sin previo recurso a la investidura, algún partido más -o todos- cedan y le dejen gobernar.

¿Y qué pasa con Sánchez? Hay una apuesta en la que dos conductores corren a la máxima velocidad en una vía de dos carriles que convergen en uno solo. Pierde el que desiste y frena para evitar la colisión, inevitable en otro caso. Y algo de este terrible juego se está viendo ahora en España, ante más de 40 millones de ciudadanos. Pongan ustedes los nombres que quieran a los dos jugadores. Yo lo tengo muy claro.

Terminaré hablándoles de Europa. Allí sí que hay cesiones y acuerdos, cualesquiera que sean los resultados electorales. ¿Somos o no somos europeos? Pues tendremos que aprender siquiera un poco de ellos.

miércoles, 27 de julio de 2016

Las piezas del mosaico



 
Estamos en una semana decisiva en la pequeña -aunque importante- historia de la formación de un nuevo Gobierno para España. Es verdad que todas las semanas y todos los días merecen compartir este calificativo, pero la aparición en la escena del rey y sus consultas a las formaciones políticas, después de la constitución del Parlamento, supone que los plazos empiezan a contar. El próximo viernes, después de recibidos los líderes de los partidos, don Felipe informará a la presidenta del Congreso del nombre de su candidato a la investidura; o aceptará que el "periodo de reflexión" sugerido por Rajoy se abra, aunque con plazos, ya que un sine die, ni resulta posible ni es razonable, dados los numerosos problemas a los que deberá confrontarse nuestro país en el futuro inmediato.

Y en esta semana, su majestad tendrá ante él las piezas de este mosaico que es la política española. Fragmentos de una unidad que no existe, pues casi nadie parece dispuesto a asumir su parte alícuota de responsabilidad en el derrotero de los acontecimientos. Como si todos los actores políticos supieran que el siguiente paso fuera el de abismarse en un precipicio, pero ninguno de ellos estuviera dispuesto a retroceder para encontrar una respuesta.

Todos se miran de reojo, todos esperan la solución de otros, todos presionan a un tercero... Y, sin embargo, deberían todos asumir que son parte de la solución para dejar de ser parte del problema.

Ciudadanos ya anunció que pasaría del no a la abstención, y eso a pesar de que no le gustaba la candidatura de Rajoy. El partido liderado por el presidente en funciones no ha considerado que su candidato pudiera eventualmente tener otro nombre. Y el PSOE tendría la "magnanimidad" de pasar a la abstención en el caso de que Ciudadanos dijera que sí a Rajoy. Si tú das dos pasos, yo doy uno, y el PP ninguno. Un juego imposible...

Un Gobierno en minoría del PP con sus solo 137 escaños estaría pendiente del doble hilo de un rechazo a sus presupuestos por la oposición o de un decreto de disolución de las Cortes firmado por el presidente.

O se trata de una partida de póquer en la que nadie quiere enseñar sus cartas hasta que las apuestas queden cerradas. Y entre tanto, la habilidad característica de algunos portavoces más o menos ocasionales del PP que pretenderían convencer a Ciudadanos, arrojando a Rivera al foso del circo para ser devorado por funcionarios y pensionistas, toda vez que sin Ley de Presupuestos para 2017, sus ingresos no se verían incrementados. Podrían decirle lo mismo al PSOE, porque sin la aprobación del techo de gasto no tendrán tampoco presupuestos las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos que gobiernan los socialistas. Podrían hacerlo sí, pero lo que ahora toca por lo visto es convencer a Ciudadanos.

El palo y la zanahoria del PP. Donde el palo consiste en echar sobre los hombros de Ciudadanos a los millones de funcionarios y pensionistas españoles. Y la zanahoria, en prometer a su líder una Vicepresidencia en el Gobierno con la portavocía añadida a ese puesto. Una zanahoria que tiene por cierto mal sabor, porque es un Gobierno que no tendrá más remedio que adoptar ajustes sociales —el Ejecutivo de Rajoy ya no podrá cambiar déficit por deuda cuando ésta ha alcanzado el 100%— y alguien deberá explicarlos.

Además, que la promesa de las poltronas forma parte de la vieja política, donde los cambios lo son de unos organismos que en medio de la siesta se acomodan para continuar su descanso. Diferentes nombres para hacer las mismas cosas, para quemar a los nuevos y mantener las mismas políticas durante unas cuantas generaciones más.

Urge por lo tanto coger el toro por los cuernos. Reunir a los líderes de los tres partidos constitucionalistas españoles —Podemos aún no sabe lo que quiere ser cuando sea mayor—, acordar una agenda de reformas y decidir después quién es el más indicado para liderarlas —normalmente un candidato sugerido por el PP, de este partido o un independiente—. Cualquier otra fórmula nos llevará a una legislatura corta y repleta de dificultades.

Porque un Gobierno en minoría del PP con sus solo 137 escaños estaría pendiente del doble hilo de un rechazo a sus presupuestos por la oposición o de un decreto de disolución de las Cortes firmado por el presidente. Y un Gobierno presidido por Rajoy, con el apoyo externo o en coalición de Ciudadanos no es lo que quiere esta formación política, que desconfía del presidente de un partido incapaz de controlar la corrupción que aflora de manera contumaz en su interior y ajeno a una agenda reformista en su acción de gobierno. Además, que no llegaría a la mayoría absoluta, y tendría que negociar seguramente con los nacionalistas.

En esta decisiva semana, el rey deberá analizar las piezas de este mosaico español y saber si con ellas cabe construir algo o dejar simplemente que continúen separadas, esperando a que madure la solución, o desembocar en la la solución que no lo es de ninguna de las maneras: que los electores resuelvan por tercera vez.

jueves, 21 de julio de 2016

Los cantos de sirena a Ciudadanos


Publicado originalmente en El Español, el miércoles 20 de julio de 2016

La crónica de la sesión constitutiva del Congreso de los Diputados de la XII Legislatura admitiría diversos titulares. Quizás el primero podría aludir al carácter de teatralización que tuvo la anterior. Las promesas de cumplimiento de la Constitución, convertidas en verdaderos alegatos políticos, fueron repetidas el martes 19. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido hace pocos meses, la reiteración del hecho lo ha integrado en la normalidad, como lo fue en su día la promesa "por imperativo legal" de los nacionalistas. No hay nada más viejo que insistir en una ocurrencia.

Pero admitiría sin duda la sesión del 19-J algún que otro titular más. Y es que el acuerdo obtenido entre el PP y Ciudadanos -y la ausencia consciente del PSOE en el pacto para la mesa- ha alimentado las especulaciones acerca de un nuevo movimiento del partido de Albert Rivera para facilitar la investidura de Rajoy. La actitud de los diputados populares, armados en esta ocasión de un encanto arrebatador del que antes se encontraban desprovistos, parece empeñada ahora de convertir en realidad su eslogan electoral, "Albert vota a Rajoy", pero ahora desprovisto de su carga amenazante.

Aunque no deja de ser una amenaza. Un voto a favor del político menos reformista que ha conocido la reciente historia de España, si entendemos que la política es reforma, sería un voto en contra de la misma política como procedimiento para resolver los problemas. Y, lo que es peor, para los 3,200.000 votantes de Ciudadanos la transmisión de la idea por la cual, presionados por los partidos mayoritarios, el partido de centro se transforma en muleta de la derecha; anticipando así su desaparición como proyecto político alternativo.

Con esos cantos de sirena habría que hacer lo que recomiendan los marineros nórdicos: oírlos del revés
Claro que los cantos de sirena te repiten que no importa, que la legislatura es muy amplia y que las gentes se olvidan de esas decisiones, meras menudencias en el fondo. Pero eso sí que es vieja política, la de jugar a que el paso del tiempo disuelve los errores -las decisiones trascendentes- en el olvido. Cualquier apuesta debe ser medida y explicada, y después asumida plenamente.

Con esos cantos de sirena habría que hacer lo que recordaba Ortega que les demandaban a los marineros nórdicos: oírlos del revés. 

De modo que si esos susurros te llaman a la rendición, tú debes entender que te incitan a resistir.

Son ya muchos -y serán legión- los que nos piden que votemos sí a la investidura de Rajoy, a cambio de un acuerdo programático que se vincule a la legislatura, que incorpore a ministros de Ciudadanos a ese gobierno o que simplemente haga de nuevo presidente al que solo lo es en funciones. Son opiniones respetables, pero creo sinceramente que los árboles no les dejan ver el bosque. Un bosque además muy frondoso y que tiene mucho camino y tortuoso que recorrer: el desafío soberanista, la reforma de las pensiones, la reforma constitucional y la regeneración democrática, por poner algunos ejemplos nacionales. Y el papel de España ante la nueva Europa que se dibuja después del brexit: ¿reforma de los Tratados?, ¿completar la unión bancaria?, ¿mutualizacion de la deuda?, ¿reforzar la unión política?, ¿optar por la Europa de las dos velocidades?

El PP no considera que debe cambiar de candidato y el PSOE parece empeñado en un tancredismo político
Demasiadas cuestiones para gobernantes que solo han acometido la crisis aumentando los impuestos a la clase media y convirtiendo el déficit en deuda pública además de generar nuevo déficit. Y la creación de puestos de trabajo precarios en una dualización perversa del mercado de trabajo. Y una economía que ha salido de la burbuja de la construcción y que solo se asienta en sus antiguos yacimientos del turismo. No hay innovación, ni investigación, no hay en suma modernidad... Por no hablar de la política, que debe ser objeto de putrefacción previa para que se den por resueltos los problemas.

Es a esta forma de gobernar y a estos gobernantes a los que deberíamos decir sí, se supone. Ciudadanos ya se movió del no a la abstención, el PP no considera que debe cambiar de candidato y el PSOE parece empeñado en un tancredismo político digno de mejor causa. La elección de la mesa del Congreso y su actitud de no entrar en negociación debería modificarse en el futuro si este partido está dispuesto de verdad a hacer política. Observar de reojo a Podemos tiene el riesgo de repetir sus erráticas estrategias. Si el PSOE forma parte del arco constitucional -y sin duda ahí está- debería trabajar en su desarrollo.

¿Y los nacionalistas, sedicentes electores de la mesa? El tiempo nos dirá cuál es la moneda de cambio que el PP les entregará a cambio de su voto, aunque es preciso advertir una vez más que política y recursos económicos nunca se deberían conceder para la destrucción de España.

Muchos titulares para una sola sesión. No en vano ha sido la primera.

lunes, 18 de julio de 2016

Un nuevo presidente para el Sáhara Occidental




Cuarenta días después del fallecimiento del presidente de la RASD y secretario general del Frente Polisario, un congreso extraordinario de este partido elegía a su sucesor en ambas instituciones. Como estaba previsto -se trataba de un candidato previamente consensuado en el partido y con el ejército-, resultó elegido con el apoyo del 93,19% de los 2.433 delegados presentes y sólo 65 papeletas en blanco Brahim Galli.

Galli es uno de los históricos del Polisario, "vieja guardia", como ellos mismos afirman. Un militar español hasta los años setenta, fundador con Bassiri del partido y trabajador en la empresa española de fosfatos Fos Bucraa. A diferencia de su antecesor, Mohamed Abdelaziz -un saharaui de la frontera argelina-, Galli habla un perfecto español.

Me recibe después del congreso, junto con la delegada saharaui en España, Jira Bulahi, y con el gobernador de Dajla -la antigua Villa Cisneros, donde se ha celebrado el evento- Saleh Babba, viejo amigo. Yo le expreso al nuevo presidente mi convicción de que en nuestro país se ha acabado el tiempo de las mayorías absolutas -o amplias- en las que el ya viejo bipartidismo español se sustentaba. Ha llegado el tiempo de los acuerdos -le digo-, que es el tiempo de la política. Es una oportunidad para que los asuntos olvidados por los diferentes Gobiernos españoles puedan recobrar protagonismo en la escena pública.

Galli me escucha con atención y asiente respecto de alguna de mis afirmaciones. Es un tipo serio, formado en los rigores de la lucha y en las duras condiciones de la vida saharaui, donde la ausencia de agua corriente conduce de manera inevitable a una higiene deficitaria y en la que las temperaturas extremas -ese día, los termómetros han superado los 50º- crean una especie humana sufrida y resistente. Los saharauis están acostumbrados a vivir con muy escasos recursos.

"Ustedes sabrán mejor que nosotros lo que tienen que hacer", me dice. Y en sus palabras no existe reprobación, ni siquiera advertencia, en todo caso respeto. Galli parece conocer muy bien los límites de su propio territorio político, que es lo mismo que saber cuál es la zona de competencia de los demás. Y el presidente me ofrece sus argumentos y lo que espera de nosotros: "Tienen una responsabilidad histórica con nuestro pueblo. Debían haber cerrado su etapa de colonización y no lo hicieron. Todavía son, jurídicamente hablando, la potencia administradora del Sahara".

Una determinada estrategia, la de la negociación sin resultados concretos, está llegando a su fin.

Y Galli prosigue. "Es lógico que ustedes quieran mantener unas buenas relaciones con Marruecos. Pero no a costa de los demás. Deberían reequilibrar su política en esta zona", prosigue. "Y está, además, su situación en la Unión Europea..."

La vecindad sur de Europa constituía una de mis preocupaciones durante mi breve etapa como parlamentario europeo. Entre estas esta Argelia, que es nuestro principal proveedor de gas y el enlace que, a través de España, debe alcanzar a otros países del viejo continente. Porque Marruecos no es el Magreb, aunque sea nuestro vecino y resulte muy importante mantener un buen entendimiento con él.

Las palabras de Galli son muy pensadas, porque el presidente habla con frase larga que termina en un silencio reflexivo que utiliza para decir exactamente lo que pretende. Y solo levanta el índice acusador cuando se refiere a nuestra responsabilidad histórica. Dice que confía mucho en la labor de los nuevos partidos españoles, aunque tampoco desliza ninguna crítica a los dos partidos gobernantes. Se diría que es consciente del valor de sus afirmaciones y por ello de la utilidad de la contención.

Galli no se ha reunido con ningún otro político español desde su reciente presidencia, y eso quizás se deba a la capacidad que ya va quedando contrastada de Ciudadanos en conseguir acuerdos donde solo hay políticas y políticos excluyentes.

Esa misma mañana, después de jurar su cargo, el nuevo presidente de la RASD y secretario general del Frente Polisario decía que buscaba la paz, pero que no cedería en cuanto al ejercicio del derecho de autodeterminación: "O libres en un país independiente, o mártires con los demás", manifestó, en la que creo resulta su expresión más significativa. Después, por cierto, de pedir al ejército saharaui que esté preparado para todo, incluso para continuar con la guerra.

El relevo de Abdelaziz en la presidencia de la RASD no debería entenderse como un cambio de política. Pero no deja de resultar cierto que una determinada estrategia -la de la negociación sin resultados concretos- está llegando a su fin. El escenario de la activación del conflicto en una fase pre-bélica en la frontera sur de España es cada vez más posible. La expulsión por Marruecos de buena parte de los miembros de la Minurso -mision de la ONU para la organización del referéndum de autodeterminación- es un punto de inflexión. "Si vuelven -ha dicho Galli- será para organizar el referéndum, no sólo para supervisar el alto el fuego".

jueves, 30 de junio de 2016

Ciudadanos, el partido llamado a reemplazar al PP



Publicado originalmente en elespañol.es

Los más antiguos del lugar, los que vivimos la refundación del Partido Popular en los finales de los años ochenta, pudimos comprobar que el viaje al centro protagonizado por su entonces presidente Aznar consistía de manera poco menos que exclusiva en expulsar al CDS de Adolfo Suárez desde la cuneta de la marginalidad hasta la sima de su irrelevancia política.

Consumada aquella operación, el PP consolidaría un abanico electoral por el que recogía votos procedentes de la extrema derecha hasta los del centro y aún del centro izquierda. Una horquilla ideológica que se mantendría hasta las elecciones europeas de 2014, resultado que confirmaron en 2015 las andaluzas, las municipales y autonómicas, y las generales, pues en todas el bipartidismo cedió su protagonismo a un espacio definido por la competencia entre cuatro formaciones políticas.

Ayuno de propuestas de cambio, el único relato del PP en la repetición de las elecciones ha sido el del miedo

Aznar mantuvo al menos un discurso de centro, reformista, integrador y de regeneración democrática, que se haría añicos en el momento de su gobierno en minoría en 1996 -cuando no se atrevió a desclasificar los papeles del CESID- y en su mayoría absoluta del año 2000 -cuando tampoco restableció la independencia del poder judicial-.

El PP de Rajoy no haría otra reforma que la económica, y aún ésta bastante mejorable, con 10.000 millones de déficit superior al comprometido y una financiación del mismo dificultada por una deuda pública que ya ha alcanzado el 100% del PIB. Ayuno definitivamente su discurso de propuestas de cambio, su único relato en la repetición de las elecciones ha sido el del miedo. "Vótenme a mí, que vienen los malos...", diría en su habitual y corta retórica.

El 'sorpasso' o se ha producido y Ciudadanos ha recibido uno de cada cuatro votos de los que ha cedido el PP

Pero "los malos", por fortuna, se quedaron igual que estaban en diciembre. Y ello como consecuencia de una contradictoria emisión de señales en la que conviven el comunismo y la socialdemocracia con el chavismo populista y la altanería de algunos de sus más conspicuos dirigentes. El sorpasso no se ha producido y Ciudadanos ha recibido uno de cada cuatro votos de los que ha cedido al partido presidido por Rajoy.

La apelación al coco es una manera poco razonable -además de peligrosa- de actuación en política, porque cuando no aparece "el malo" no se le puede volver a evocar, y cuando ese discurso es capaz de convocar al monstruo, éste puede llegar a devorarnos a todos. Ahí está el reciente caso del referéndum británico, cuya endemoniada gestión política ya está agrietando uno de los edificios más sólidos de las democracias occidentales.

C's tiene que reflexionar en torno a por qué se le han escapado votantes que en diciembre recibía del PP

La dinámica de segunda vuelta que ha tenido la elección del 26-J ha contribuido sin duda a la polarización, aunque ésta no se haya resuelto en el terreno del centro izquierda y la izquierda en los mismos términos que en la derecha y el centro. En todo caso, Ciudadanos deberá hacer una reflexión respecto de tres variables fundamentales.

La primera: ¿por qué se le han escapado votantes que en diciembre recibía del PP?, ¿es esta deserción atribuible solo al efecto de engordamiento del partido mayoritario en la derecha o existe alguna razón adicional que haya motivado esta respuesta?

La segunda: ¿han compensado los sufragios procedentes del PSOE los perdidos en la transferencia de votos con la derecha? A esta pregunta ya podemos contestar que no.

La tercera: ¿qué posición ideológica mantienen los votantes de Ciudadanos de diciembre que han engrosado ahora el mayor ejército de los abstencionistas que hemos conocido en este tipo de elecciones?

Hay que ofrecer a nuestros votantes lo que nos piden, sin producir guiños equívocos que induzcan a confusión

Mi opinión, absolutamente discutible, es que Ciudadanos es contemplado como el partido llamado a regenerar la vida política española desde un espacio de centro -o de centro-derecha, si lo prefieren-; un partido limpio y sin pasado reprochable, forjado en la lucha contra el separatismo y susceptible de convertirse en banderín de enganche de buena parte de los desencantados por el ejercicio de la mala política, los jóvenes, en particular. Un partido capaz de poner en marcha una agenda de reformas dirigida al conjunto de la población, en la que las oportunidades se vinculen al conocimiento y el mérito, no a las relaciones personales o al servilismo complaciente, tan habituales en nuestra historia. Un partido serio y europeo, que procure acercar nuestra actuación cotidiana a la normalidad imperante en otros países del centro y del norte de Europa. Un partido dispuesto al acuerdo y a la gestión del mismo. Un partido, en fin, llamado a reemplazar en el medio y largo plazo a un PP incapaz de renovarse a sí mismo y anclado en un conservadurismo rancio que tiene pavor a la reforma.

Los próximos años -sin otras elecciones que las autonómicas previstas en Galicia y el País Vasco- deberían servirnos para construir este relato centrista, reformista y regenerador, que ofrezca a nuestros votantes lo que nos piden, sin producir guiños equívocos que puedan inducir a confusión.

miércoles, 22 de junio de 2016

¿Qué ocurrirá si triunfa el Brexit?


Artículo publicado originalmente en El Huffington Post, el miércoles 22 de junio de 2016

Los partidarios de la permanencia del Reino Unido en la Unión han establecido una estrategia perdedora. Nadie habla de Bremain sino de Brexit. Es la famosa trampa de las palabras, por la cual lo que se pretende decir queda confundido por su propio planteamiento: el referéndum lo es sobre la salida. Empezaron mal.

Claro que nadie sabe muy bien lo que pretendía Cameron cuando puso en marcha este proceso, si contentar al ala euroescéptica de los tories, reducir por aproximación a sus tesis a los eurófobos del UKIP o solo producir su propia satisfacción. Unas declaraciones del primer ministro en el sentido de que, si ganara el Brexit, seguiría en el 10º de Downing Street, porque dado su prestigio entre los líderes europeos, él sería el más indicado para negociar la salida, no dejaría ser una contradicción: ¿cómo puede el máximo responsable de la campaña por la permanencia ponerse en el papel del perdedor para explicar que él sería el mejor enterrador de su pretendida causa?

Se han vertido muchos datos falsos durante la campaña, tanto sobre las consecuencias perversas de la salida como de las ventajas de la misma, en temas como el alza de los impuestos o la contribución -o no- de los inmigrantes a las arcas públicas. En mi opinión, y siempre que la victoria sea para el Brexit, más allá de los resultados inmediatos, negativos para las dos partes, la situación se recompondría después de un acuerdo de la UE con Gran Bretaña, logrado el cual y cualquiera que fuera este, sería el proyecto de aislacionismo británico el que más padecería por el resultado. La vida de las naciones no se circunscribe solo a los flujos económicos sino a la capacidad política de vivir en un mundo global y aspirar a influir en él. Una Gran Bretaña aislada sería un canto nostálgico a la independencia, el recurso a una idea dieciochesca que poco tiene que ver con el siglo XXI.
Habrá quien se apunte a que la garantía de la estabilidad económica son ellos mismos cuando el Brexit sacuda las bolsas -ya lo está haciendo- y se desaten las turbulencias.
Se trata además de un referendo que -siempre que triunfe el Brexit- provocará uno nuevo: el de la independencia de Escocia, cuyos habitantes son abiertamente partidarios de su permanencia y cerraría las fronteras entre el Ulster e Irlanda. Fronteras, aduanas, obstáculos a la entrada de emigrantes en sociedades envejecidas (tampoco RU llegaba en 2013 a una tasa de fertilidad de dos hijos por mujer)...

Un referéndum, cualquiera, aún basado en referencias racionales, apela más a los sentimientos que a la razón. Lo que inevitablemente conduce a resultados imprevisibles.

No sería desde luego una buena noticia la del Brexit, especialmente para los británicos y en tanto sean capaces de mantener una unidad que devendría circunstancial durante un tiempo. Tampoco para el proyecto europeo, que hunde sus raíces en la evitación de la guerra y la promoción de los valores de la democracia y los derechos humanos. Gran Bretaña ha sido actor principal en los conflictos bélicos europeos y estandarte del parlamentarismo. No debería regresar al aislamiento.

Ahora bien, si como apuntan algunas encuestas, los ciudadanos de ese país deciden salir, Europa deberá afrontar de una manera decidida y ambiciosa su futuro en una integración que nos lleve a posicionarnos en un mundo como el actual no sólo como una suma de economías y Gobiernos, con una moneda aún relativamente construida desde el artificio que es el sistema de cambio de diecinueve de sus naciones. Es necesario completar la unión bancaria, acometer la unión fiscal, construir una política de inteligencia común -y así combatir el terrorismo-, establecer una defensa común y una política exterior que no sea una centralita telefónica de políticas exteriores, como advertía el ex Secretario de Estado Kissinger.

Lo decía el líder del grupo ALDE Guy Verhofstaat hace unos días en Madrid: ¿no es la India un país, a pesar de sus diferencias sociales y de que en su interior se hablan más de 30 idiomas oficiales y más de 2.000 locales? ¿O las al menos 8 lenguas diferentes que se hablan en China?, ¿O el melting pot o mestizaje que constituye la verdadera riqueza de los Estados Unidos? Claro que, en este último caso, no deja de existir también el recurso del populismo que pretende rehacer su país desde bases pretéritas, como ocurre con Trump.

Pero habrá quien se apunte a que la garantía de la estabilidad económica son ellos mismos cuando el Brexit sacuda las bolsas -ya lo está haciendo- y se desaten las turbulencias. Seguirán utilizando el discurso del miedo y pretenderán con él enardecer a los votantes. Pero nadie debería llamarse a engaño: ni la eventual salida de Reino Unido será tan dramática a medio y largo plazo -al menos para nosotros- como nos la presentarán, ni el recurso a amedrentar a las gentes constituye procedimiento válido para la política en particular y la vida en general.

Por qué votan juntos el UKIP y Podemos


Artículo publicado originalmente en El Español, el miércoles 22 de junio de 2016

Algunas encuestas anuncian que el euroescepticismo avanza en España a pasos acelerados: hoy estarían en torno al 20% los que tienen una opinión negativa respecto de la UE. Esos resultados se ven en parte compensados porque en las mismas encuestas los españoles no vemos otra salida que Europa para el futuro de nuestro país.

Convendría analizar las causas del incremento del euroescepticismo español, porque la historia de nuestra incorporación europea, después de muchas décadas de aislamiento e introspección, es un relato de éxito. La modernización que supuso la democracia española de 1978 y el desarrollo económico consiguiente de nuestro país no se podría entender si no consideramos que ese periodo coincidía con nuestra integración europea.
El Gobierno de Rajoy ha producido la mayor elevación de impuestos y de recortes de la historia de España
Pero los desequilibrios provocados por la evidente desestructuración del euro, la burbuja económica con razones causales endógenas en España y la importación de la crisis financiera procedente de los Estados Unidos provocaron un serio desajuste de nuestras cuentas públicas -el déficit que dejaba Zapatero a su salida del Gobierno era del 9,6% del PIB-.

El Gobierno de Rajoy produciría la mayor elevación de impuestos de la historia de nuestro país, unida al anuncio de sucesivos recortes en las ruedas de prensa que seguían a los Consejos de Ministros, en lo que algunos comentaristas políticos bautizarían como los viernes de dolor. Aún así, el Gobierno del PP dejaría las cuentas nacionales con un excedente de gasto superior al 5,5% y una deuda pública que pasaba del 70% al 100%.
Parece como si los gobiernos españoles fueran ajenos a la desaforada evolución de nuestras cuentas públicas
¿Se podría afirmar que esta situación traía por causa las decisiones adoptadas por Bruselas?, que es lo mismo que decir, ¿no tienen alguna responsabilidad los sucesivos gobiernos españoles en esta desaforada evolución de nuestras cuentas públicas?

Lo cierto es que sí. El Gobierno de Rajoy hacía recaer el ajuste de la crisis sobre la clase media española y su celo reformista se agotaba en los impuestos y los recortes. El despilfarro público, medido en instituciones innecesarias -como las diputaciones, empresas públicas cuya utilidad se desconoce en buena parte, cargos de confianza...- ha venido a significar que en la opinión del Partido Popular, en la Administración española no hay necesidad de introducir medidas de austeridad y que ese es el futuro a favor del que deberíamos votar el domingo.
La UE, paradigma de nuestros éxitos, se ha convertido para algunos en responsable de nuestros problemas
Lo fácil, sin embargo -y en eso nuestros gobernantes no constituyen una excepción- consiste en responsabilizar a otros de los males que debemos afrontar: Bruselas aparecería entonces como la víctima propiciatoria de tantos desatinos.

En todo caso, esa Europa que se constituía en el paradigma de nuestros éxitos económicos se está convirtiendo en la responsable de nuestros problemas. Y esa clase media, hundida económica y desconcertada anímicamente, responde culpando a Europa de lo que Europa no es responsable. Y, peor aún, vuelve su mirada hacia los movimientos populistas que emergen en todo el continente como las setas después de la lluvia.
Hay dirigentes que en lugar de hacer frente al populismo hacen seguidismo de su discurso demagógico
Los casos del Front National de Francia, del UKIP británico o de AfD o Pegida en Alemania o nuestro Podemos español, son respuestas similares a la crisis -y votan lo mismo en el Parlamento Europeo-, respuestas que buscan el refugio en los viejos estados nación, allá donde precisamente no se encuentran ya las soluciones.

Pero es cierto que también Europa está en crisis. Y no sólo porque la culpen de ser el origen de nuestros males, sino porque los dirigentes europeos -aún los procedentes de partidos europeístas- observan los comportamientos de sus electorados tradicionales y su apoyo al populismo, y en lugar de hacerles frente con un relato de integración, les hacen seguidismo a esos discursos. El referéndum británico para la permanencia en la UE y la consecuente aprobación de medidas de excepción que impidan el brexit en el Consejo de febrero -unas excepciones que abrirían el terreno a otras en otros países- o el acuerdo de la UE con Turquía en el Consejo de marzo sobre los refugiados, son dos ejemplos de esas malas políticas.
La presencia como actor global es un objetivo al que los viejos estados nacionales no pueden aspirar
Una adecuada combinación de medidas económicas realistas, promovidas por un nuevo gobierno reformista en España, que permitan el restablecimiento de las clases medias con unas cuentas que cuadren, y el fortalecimiento de una Europa basada en sus valores fundacionales, unida a la integración de sus políticas de seguridad, defensa y exterior, asegurarán nuestra presencia en el mundo como actor global. Objetivo al que los viejos estados nacionales no podrían aspirar.

Europa sigue siendo la solución, pero no la Europa de los intereses alicortos, insolidarios y egoístas. Urge poner en marcha una nueva ambición para esa Europa, que tenga su origen en una España que aspire a recuperar un relato de cambio.
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