miércoles, 11 de enero de 2017

El cese de Trillo

El embajador en Londres, Federico Trillo, con la reina Isabel II. / AFP

Artículo publicado originalmente en El Español, el 10 de enero de 2017

El todavía embajador del Reino de España ante el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Federico Trillo, al que recientemente atribuía su responsabilidad el Consejo de Estado por el accidente acaecido por el avión Yakovlev 42 en Turquía, ocurrido en mayo de 2003, y en el que murieron 62 miembros del ejército español, 12 tripulantes ucranianos y un ciudadano bieloruso, ha sido considerado por el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación como susceptible de resultar cesado en su puesto en Londres como consecuencia del periodo de tiempo transcurrido en esa legación diplomática -cuatro años y nueve meses-, de semejante manera que los 70 diplomáticos españoles que deberán abandonar sus puestos toda vez que el gobierno está ya legitimado por el Parlamento para decidir acerca de estos nombramientos.

Se diría entonces que el Ministerio de Exteriores resuelve así la patata caliente que el conjunto de la oposición le había endosado debido a la atribución de responsabilidades al exministro de Defensa por el Consejo de Estado. "¿No queríais su cabeza? -podría preguntar Dastis-, pues ahí la tenéis".
Trillo no debería ser destituido sólo por el transcurso del tiempo en el ejercicio de sus funciones sino por sus responsabilidades
Y sin embargo esta decisión, con resultar similar en cuanto a su conclusión -el cese-, no lo es en lo que refiere a su causalidad: Trillo no debería ser cesado sólo por el transcurso del tiempo en el ejercicio de sus funciones sino por las responsabilidades que el alto organismo que es el Consejo de Estado le ha atribuido. Toda vez conocido el dictamen, un gobierno y un ministerio celosos cumplidores de los procedimientos democráticos debieran haberlo cesado con carácter fulminante en lugar de acudir al expediente de diluir el final de su mandato entre los 70 servidores diplomáticos que deben hacerlo como consecuencia del plazo transcurrido. Si yo mismo estuviera entre esos legatarios me incomodaría sobremanera encontrar la causa de mi cese unida a la de un dirigente del PP cuya gestión -que ya ha sido calificada por el Consejo de Estado- fuera además "premiada" con una embajada de primer orden.

Un gobierno en funciones como el que este país ha soportado durante diez largos meses ha podido tomar medidas contra embajadores sometidos a sospecha. Así, Gustavo de Arístegui dimitiría -antes de que lo cesaran- como embajador en la India, debido a unos supuestos cobros de comisiones ilegales por su intermediación en determinados negocios e Ignacio Matellanes, embajador en Bélgica, sería cesado en marzo de 2016, debido a su absentismo y abuso de autoridad -según informe del Ministerio-. El nombre de Federico Trillo bien debería haberse asociado a estos dos.
El 'popular' no pagó responsabilidad política personal alguna por su actuación en el siniestro, sino que fue premiado
Trillo ha declarado que su voluntad es la de abandonar su destino en Londres, sin embargo esta manifestación no guarda relación con su desastrosa gestión de la catástrofe del Yak 42. El exministro nunca ha asumido responsabilidad alguna acerca del siniestro del que hemos vuelto a recordar aspectos de singular desasosiego para los familiares de las víctimas, como que las identidades de 30 de los cadáveres eran falsas, que en algún ataúd había restos de hasta tres personas, que de los 149.000 euros que pagó Defensa por el alquiler del avión sólo unos 36.500 serían cobrados por la operadora del Yak, que dada la condición ucraniana del avión la OTAN debía haber autorizado de manera expresa el vuelo, que la caja negra no funcionaba desde hacía 45 días que nunca se suscribió el seguro obligatorio...

Tampoco deja de resultar sorprendente que para el máximo responsable del Gobierno, Mariano Rajoy, el sólo transcurso del tiempo corrija tan lamentable gestión, previa y posterior, del siniestro. "Ocurrió hace muchísimos años", ha declarado el presidente desde su retiro en Pontevedra. Se trata de una novedosa concepción de la depuración de las responsabilidades políticas. Trillo permaneció al frente de Defensa hasta casi un año después del accidente y sería sustituido por Bono, ya en el Gobierno socialista de Zapatero y no pagó por lo tanto responsabilidad política personal alguna por su actuación en el siniestro. Antes bien, llegado Rajoy al gobierno, se le ofrecería la embajada en Londres incluso ante la supuesta reticencia del titular del Ministerio, García Margallo, que pretendía que todos los embajadores pertenecieran a la Carrera Diplomatica, lo que no es el caso de Trillo.

Parece claro por lo tanto que si Trillo no debió ser nombrado embajador en el Reino Unido al menos debería resultar cesado con carácter inmediato en este preciso momento. La solución de enterrar su destitución junto a la de otros 70 diplomáticos contaminaría con el oprobio la presumible buena gestión de estos. Y supondría el primer borrón en la acción del flamante Ministro Dastis a quien se le supone ajeno al mercadeo de favores tan habitual en el partido que preside Rajoy.

lunes, 9 de enero de 2017

El PP abandona a sus mejores gentes



Artículo publicado originalmente en Diario16.com el 9 de enero de 2017

Corría la primavera de 1996, cuando José María Aznar conseguía una corta victoria sobre el socialismo de Felipe González. Para conseguir la investidura como presidente no tenía más remedio que recurrir a los escaños del nacionalismo catalán, entonces abierto a los pactos, al cual había vituperado de forma incansable por su cerrado apoyo al PSOE. Ese acuerdo se produjo y fue bautizado como el “pacto del Majestic”, por el hotel en el que se celebrarían las reuniones entre populares y convergentes. Buena parte de las condiciones del pacto fueron conocidas en tiempo real y se asomaron después a las páginas del Boletín del Estado. Pero hubo alguna cláusula no escrita aunque no menos perentoria que acometería el flamante presidente del Gobierno popular sin apenas tardanza: en septiembre de ese mismo año, el máximo dirigente de su partido en Cataluña, Alejo Vidal-Quadras, verdadero azote de los nacionalistas catalanes, no presentaba su candidatura a la reelección y sería sustituido por Alberto Fernández.

Veinte años después, el PP de Mariano Rajoy, investido con dificultad como presidente del Gobierno y después de diez meses en funciones, se está viendo con problemas para la aprobación de los Presupuestos de 2017 que serán debatidos en los próximos meses. La colaboración de los socialistas para que pasara el techo de gasto no es previsible con las cuentas del Estado y resulta más que probable que el PSOE presente enmienda de totalidad a las mismas. El Gobierno necesitaría entonces, además de su socio Ciudadanos, al menos otros seis votos parlamentarios, cinco de los cuales previsiblemente provendrían del nacionalismo vasco.

Dos parecen ser las condiciones de este acuerdo entre el PP y el PNV. Una de ellas tendría que ver con la fórmula de cálculo de las cantidades a pagar por las Haciendas Forales al Estado para el mantenimiento de los servicios que éste presta en los territorios vascos y que viene siendo conocido como “Cupo“, de acuerdo con las previsiones de la singularidad fiscal vasca -y navarra- del sistema independiente conocido como Concierto Económico.

La segunda seria la retirada del ingente número de recursos presentados por el Estado respecto de diversas actuaciones de las instituciones vascas en abierto incumplimiento de la ley. Muchas de las cuales impulsadas por el entonces Delegado del Gobierno en el País Vasco, Carlos Urquijo.

Pues bien, hace muy pocos días, el treinta de diciembre de 2016, el Consejo de Ministros acordaba el nombramiento del popular Javier de Andrés como nuevo Delegado del Gobierno en Euskadi, procediendo en consecuencia al cese de Urquijo.

Carlos Urquijo ha sido un celoso defensor de las competencias del Estado en el País Vasco; ha defendido el principio de legalidad y el cumplimiento del Estado de Derecho y se ha encontrado siempre del lado de las víctimas del terrorismo, tantas veces abandonadas a su ingrata suerte por partidos y gobiernos más allá de las proclamas verbales y de los llantos de las plañideras. Urquijo era un oasis de compromiso allí donde las dejaciones de todo signo ocuparon su lugar.

Ahora como antes el Partido Popular ha abandonado a una de sus mejores gentes. Hace diez años lo hacía con Vidal-Quadras abriendo con ello una herida de muerte al centro-derecha español en Cataluña del que no se ha podido recuperar desde entonces. Con Urquijo no ocurrirá lo mismo porque ese abandono ya se había producido en julio de 2008, cuando María San Gil dejaba su puesto al frente del PP Vasco. A partir de entonces este partido ha mantenido un comportamiento electoral en permanente retroceso que lo ha llevado a la práctica irrelevancia en que se encuentra ahora.

La dejación popular respecto del nacionalismo en las dos Comunidades Autónomas más reivindicativas de España -Cataluña y Euskadi- ha tenido tiempos diferentes y protagonistas distintos, pero todos ellos se han basado en la misma razón de existencia: el cambio de cromos, unos votos nacionalistas como justificación para la pérdida de identidad del centro-derecha en esas regiones.

Con Alejo Vidal-Quadras iniciaría Aznar el viaje al desdibujamiento del PP en Cataluña, con Urquijo concluye Rajoy esa misma operación en Euskadi. Lejos ya de sus puestos, los nombres del catalán y del vasco encarnan la dignidad y son objeto del respeto de correligionarios y adversarios. Los de quienes los cesaron, a pesar de sus aparentes discrepancias, nos dejarán al contrario el recuerdo del oprobio.

jueves, 5 de enero de 2017

Las murallas y “los otros”


Descargar el artículo publicado originalmente en El Siglo de Europa, suplemento especial del 19 de diciembre de 2016 al 8 de enero de 2017

Es ciertamente oportuna la idea de este medio de dedicar un número a la idea de las fronteras, porque vivimos tiempos en los que se construyen fronteras allá donde antaño se derribaban. Las sociedades de hoy en día, configuradas de forma mayoritaria por las clases medias, se encuentran literalmente aterrorizadas. Pensaban que la política y la economía, instrumentos solventes dirigidos por personas sensatas, les conducirían hacia un futuro en el que su vida sería predecible y que con su trabajo podrían garantizar un bienestar social para ellos y para sus hijos. En algunos casos –de forma notable
en Europa– todo ello venía de la mano con un Estado que protegía al ser humano desde la cuna hasta la tumba.

Pero hoy ya las sombras se ciernen de manera dramática sobre el halagüeño panorama de entonces. El poder adquisitivo se reduce, se trabajan más horas para recibir el mismo o menor salario, los ajustes reducen las prestaciones sanitarias y educativas, las pensiones de jubilación están en peligro a pesar de que sus beneficiarios hayan cotizado durante toda la vida y el ascensor social generacional ya no es cierto –además que muchos jóvenes no encuentran tampoco un puesto de trabajo y cuando lo encuentran no está bien remunerado. Y si las guerras, producto de un mundo en la actualidad multipolar, han sustituido la vieja seguridad de un planeta dividido en dos referencias antagónicas, las oleadas de refugiados atestan nuestras costas y nos sitúan enfrente de nuestros viejos criterios solidarios para toparnos de nuevo con el descubrimiento de otros seres. Y la corrupción unida a la creciente desertización provocada por el cambio climático y las luchas tribales arrojan también a cientos de miles de personas hacia nuestros países, conduciendo a un nuevo temor a nuestros conciudadanos, temor por la inseguridad, por la pérdida de los puestos de trabajo ante la perspectiva de unos salarios más bajos, ante la dificultad de su integración entre nosotros.
“Renacionalizar significa practicar fronteras allá donde otros nos empeñábamos en restringirlas”
Y el temor busca respuestas convincentes aunque al cabo no sean respuestas. Surgen entonces los charlatanes de feria, mero remedo de aquellos que nos vendían los crecepelos instantáneos o los remedios infalibles contra todos los males. Unos charlatanes que nos ofrecen ahora la respuesta de las renacionalizaciones que significa exactamente practicar fronteras allá donde otros nos empeñábamos en restringirlas.

Así Trump prometió una muralla entre los Estados Unidos y México y los europeos expulsan a los irregulares a Turquía cuando no los abandonan en Grecia o en Italia. Y los británicos deciden salir de Europa, lo mismo que promete Marine Le Pen hacerlo con Francia si ganara las próximas elecciones.
Surgen dirigentes renacionalizadores –fronteristas–en Hungría y en Polonia, en Holanda la mayoría democrática deberá defenderse de Geert Wilders y Merkel de la Alternative für Deutschland. Y en España, Podemos critica la globalización y los tratados comerciales como la esencia de casi todos los problemas que nos acucian.

Malos tiempos por lo tanto para quienes pensamos que las fronteras del siglo XIX hacia atrás debían quedar para la historia. Claro que hay una cierta inexorabilidad en cuanto a lo que viene por delante. Una mayoría se puede obstinar por entrar en la máquina del tiempo y viajar instalado en ella hacia el pasado pero no por ello volverá el pasado. Es verdad que el poder adquisitivo de muchos cientos de
miles, quizás millones, de votantes de Trump se ha visto reducido en los últimos años a pesar de haber trabajado muy duro pero no es menos cierto que con sus dólares depreciados compraban mercancías chinas que a lo mejor una vez que se produzcan las decisiones previstas por su nuevo presidente ya no podrán adquirir, viéndose obligados a acceder al único mercado de los productos estadounidenses, sin duda más caro que aquél. ¿Será entonces mejor el remedio que la enfermedad? Quizás sería más atinado que no se hubieran embarcado en esa historia que sólo servirá para ofrecer mayores ganancias a las grandes empresas de Wall Street. Pero ésa es ya una cuestión resuelta, lamentablemente, al menos por cuatro años.

Ese reloj de la historia que nos conduciría además a lo peor de lo que fuimos. Porque no sólo se trata de crear fronteras, sino de descubrir más allá de ellas a “los otros”. Esos seres que al parecer son diferentes de nosotros, porque tienen un color de la piel diferente, una religión distinta, una lengua que no comprendemos, unas costumbres que están aparentemente lejos de las nuestras. Los otros y nosotros, que es la definición que ha causado tantas guerras, razias, colonizaciones, genocidios, devastaciones... porque detrás de los otros y nosotros late un concepto de superioridad que exige de un correspondiente de inferioridad. Y con éste un sacrosanto derecho al servilismo cuando no a la anulación del contrario.
“Malos tiempos para quienes pensamos que las fronteras del siglo XIX debían quedar para la historia”
La vida no es fácil, nadie ha dicho que lo fuera. Pero las decisiones que se toman desde el miedo a los cambios no prejuzgan nada bueno, sino al contrario. Siempre llega el nuevo día y con él los problemas de antaño emergen con la misma fuerza que tenían el día anterior. Podrán alumbrar
nuevos fantasmas producto de sus pesadillas, pero no cambiarán el mundo.

Y ya que hablamos de fronteras. ¿Por qué no recordar lo que anunciara Jack Kennedy y su “nueva frontera”, la que apostaría por la libertad, la solidaridad y pondría las bases para que el hombre llegara a la Luna?

A esa frontera sí que me apunto.

miércoles, 4 de enero de 2017

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea no legitima la ocupación por Marruecos del Sáhara


Artículo publicado originalmente en diario16.com, el martes 3 de enero de 2017

La Unión Europea y Marruecos celebraron en 2012 un acuerdo que establecía medidas de liberalización recíprocas en materia de productos agrícolas, productos agrícolas transformados, pescado y productos pesqueros, que fuera denominado como “Acuerdo de Liberalización“. Este acuerdo, cuyo ámbito de aplicación territorial es el mismo que el del Acuerdo de Asociación UE-Marruecos, fue aprobado por la Unión Europea mediante una Decisión del Consejo.

Dado que el Acuerdo de Liberalización afectaba al territorio del Reino de Marruecos, sin especificar la ocupación por éste país del territorio del Sáhara Occidental, el Frente Polisario lo recurrió. El Tribunal General declaró, en esencia, que el Consejo había incumplido su obligación de examinar, antes de celebrar el Acuerdo de Liberalización, si existían indicios de una explotación de los recursos naturales del territorio del Sáhara Occidental bajo control marroquí que pudiera llevarse a cabo en detrimento de la población de dicho territorio y vulnerando sus derechos fundamentales. Al no estar satisfecho con esa sentencia, el Consejo interpuso un recurso ante el Tribunal de Justicia al objeto de obtener su anulación.

Lo que viene a decir la nueva sentencia del pasado día 21, es que quien se equivocó fue el Tribunal General por considerar que los Acuerdos de Asociación y Liberalización no dejan lugar a dudas de que el acuerdo no se puede aplicar al Sáhara Occidental por como se establece en particular en su artículo 94, su ámbito territorial, es el “territorio del Reino de Marruecos”. Le sobra al tribunal la afirmación del juez del Tribunal General que sostenía que en Bruselas se había firmado el acuerdo económico con Marruecos silenciando la situación del Sáhara Occidental para favorecer implícitamente la posición alauita.

La sentencia viene a recalcar que es imposible que pudiese ocurrir tal cosa porque el Sáhara Occidental no está bajo la soberanía de Marruecos. Por lo tanto, no es necesario decir nada en relación al territorio no autónomo porque se trata de un “tercero” y, en virtud del efecto relativo de los tratados, éstos “no deben perjudicar ni beneficiar a terceros sin su consentimiento”.

Por lo tanto, concluye que “el Acuerdo de Liberalización no se aplica al territorio del Sáhara Occidental”.

La sentencia por lo tanto viene a confirmar la doctrina de la ONU a favor de la autodeterminación del Sáhara Occidental que repasa al describir el marco jurídico en el que también se recuerdan las razones por las que el Frente Polisario es el legítimo representante del pueblo saharaui de acuerdo a lo que establece Naciones Unidas. Es interesante que no sólo cita los elementos de derecho internacional habituales a la hora de recordar el derecho inalienable que el pueblo saharaui tiene a la autodeterminación sino también el el capítulo XI de la Carta de las Naciones Unidas, titulado «Declaración relativa a territorios no autónomos». Dicho texto incluye el artículo 73, que alude a los sagrados deberes de la potencia administradora, aunque en el resto de la sentencia no se vuelve a decir nada. Sólo se recuerda que el art.73 establece lo siguiente:

“Los Miembros de las Naciones Unidas que tengan o asuman la responsabilidad de administrar territorios cuyos pueblos no hayan alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio, reconocen el principio de que los intereses de los habitantes de esos territorios están por encima de todo, aceptan como un encargo sagrado la obligación de promover en todo lo posible, dentro del sistema de paz y de seguridad internacionales establecido por esta Carta”

También llama la atención que se hace un exhaustivo resumen histórico sobre los orígenes del conflicto y se alude, entre otros asuntos, a la comunicación con la que España puso fin a su presencia y responsabilidades de potencia administradora en el territorio el 26 de febrero de 1976, pero no a los ilegales acuerdos de Madrid ni las dos resoluciones de Naciones Unidas motivadas por la batalla de la legalización de este acuerdo.


El tribunal da por hecho que, como dijo Hans Corell, ex-subsecretario general para Asuntos Legales y Consejero Legal de las Naciones Unidas, Marruecos no es en el Sáhara Occidental más que una potencia de ocupación, porque la ocupación de facto y la dejación española no ha logrado siquiera darle el título de potencia administradora que, por otra parte, le obligaría a descolonizar el territorio.

jueves, 29 de diciembre de 2016

¿Superará Podemos el caudillismo de su fundador?


Artículo publicado originalmente en El Español, el miércoles 28 de diciembre de 2016

Fundar un partido es relativamente fácil en España. Basta con presentar unos estatutos en el Ministerio del Interior, que su denominación no esté previamente ocupada e incluir un listado de promotores. El caso paradigmático de Chile, donde los afiliados deben suponer al menos un 0'5% del censo electoral, no ocurre entre nosotros.

Más difícil que superar la barrera burocrática lo es contar con algunos medios para afrontar la competición electoral, que el Tribunal de Cuentas no oponga reservas a la vía de obtención de esos recursos y más aún obtener el apoyo de los votantes en una Ley Electoral pensada para favorecer a dos grandes partidos nacionales y a los nacionalistas y regionalistas en las diversas Comunidades Autónomas.
Parece claro que un partido es una organización a la que contribuyen sus afiliados pero nunca sucede así
Una vez superados estos obstáculos e instalado el partido en el Congreso de los Diputados o en la institución a la que aspiraba llegar parece que estuviera conseguido lo más difícil, poco menos que lo que se abriría por delante fuera un agradable paseo hacia el disfrute de las mieles del poder. Nada de eso. Si difícil es llegar más complicado aún resulta mantenerse.

Porque existe un reto que los partidos deben superar y que no es otro sino el de su asentamiento más allá de la figura carismática de su líder y promotor. Parece claro que un partido es una organización a la que contribuyen sus afiliados y que en una formulación democrática son éstos quienes toman las decisiones que afectan a su futuro. Pero casi nunca es así. La prueba de madurez de un partido estriba en la desconexión del mismo con respecto a su fundador o fundadores, lo cual depende en la mayoría de los casos de la explícita voluntad de abrir paso al debate por parte de estos líderes.
UPyD dejó de existir porque Rosa Díez no admitía que el partido pudiera ir en una dirección diferente a la suya
Pondré un ejemplo para que se me entienda algo mejor. Un grupo de personas reunidas en un hotel de San Sebastián en el año 2007 tomamos la decisión de crear una plataforma que daría lugar a lo que luego seria UPyD. Un partido que contaría con un éxito reducido, pero que cubrió con cierta eficacia sus primeras convocatorias electorales. Siete años más tarde, cuando otro partido que operaba en su mismo espacio político -Ciudadanos- pasaba de ser un partido catalán a situarse en el ámbito nacional, la fundadora de UPyD decidía rechazar todo tipo de acuerdo con la formación de Albert Rivera. Y por más que las explicaciones que se dieron a esta decisión fueran muy otras, la única razón sería que Rosa Díez no admitía que "su" partido pudiera encaminarse en una dirección diferente a la que ella pretendía. El resultado de esa cerrazón ya lo conocen ustedes: UPyD dejaría de existir como partido parlamentario.

La cuestión podría ser entonces si los partidos sobreviven a sus fundadores o son sus fundadores quienes los entierran. En todo caso, algo parecido a lo sucedido con UPyD podría ocurrir con el otro partido emergente en las elecciones europeas de 2014, Podemos. Una formación creada al alimón de la insatisfacción ciudadana ante la crisis manifestada en el movimiento 15-M, aprovechada de manera inteligente por su fundador en sus comparecencias televisivas. Podemos ha tenido una vida tan próxima a la de su principal promotor que hasta en las papeletas electorales aparecía el retrato del líder y no el logo del partido.
Para sobrevivir la formación morada tiene que decidir si la estrategia prevaleciente será la institucional o la populista
Ahora el debate congresual de esa formación se sitúa entre su líder, instalado más en el populismo que en la tarea de cambiar las cosas desde las instituciones y quienes afirman la primacía de éstas sobre las manifestaciones callejeras. Una integración difícil, en efecto, cuya dificultad se prolonga hasta la aparente imposibilidad si se yuxtapone a la disputa estratégica la personalidad del líder y su evidente tendencia a la patrimonialización de su partido.

Una vez pasado lo peor de la crisis, el movimiento del 15-M insertado mejor o peor en las instituciones hasta el punto de gobernar en algunas muy significativas, las apelaciones a la calle parecen provenir más de la convocatoria de los podemitas que de la natural insatisfacción de los manifestantes, como ocurriera en el último episodio de Rodea el Congreso, al que acudía un número muy reducido de concurrentes. No es lo mismo decir que se está con la calle que provocar a las gentes para que acudan a las plazas y así encontrar un apoyo que resulte como la pescadilla que se muerde la cola en un bucle mentiroso e imposible.

Decida una u otra cosa, el fondo del debate no se sitúa sólo en torno a si la estrategia prevaleciente será la institucional o la populista, sino a si Podemos es capaz de establecer la primacía de sus afiliados sobre el caudillismo de su fundador. Allí se encuentra una de las más importantes claves de su futuro.

*** Fernando Maura es portavoz de Ciudadanos en la Comisión de Asuntos Exteriores y la Unión Europea en el Congreso de los Diputados.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El chivo expiatorio o el ideal regeneracionista



Artículo publicado originalmente en Diario 16, el martes 27 de diciembre de 2016

Termina un año en el que la ciudadanía ha asistido, entre preocupada e indiferente, a un vacío de gestión de las cosas públicas provocado por la eclosión del bipartidismo, hecho trizas a causa de la crisis económica y la corrupción de la clase política y la consecuente irrupción en el mapa político de unas fuerzas emergentes que, aunque no han servido para otorgar mayorías a un lado y otro del arco político, han supuesto una renovación del panorama partidario español.

Después del rodaje preparlamentario, con un gobierno en funciones que no se dejaba controlar, se acaba de inaugurar ahora una legislatura con acuerdos entre el Gobierno y el partido que lo apoya y Ciudadanos y el PSOE, tanto alternativa como conjuntamente.

Y en ese parlamento, las fuerzas emergentes no actúan de la misma manera. Como decía Stephan Zweig en su Erasmo de Rotterdam: «A la masa siempre le resulta más accesible lo concreto y tangible que lo abstracto. Por eso en política las consignas que más partidarios encuentran son las que proclaman un enfrentamiento en vez de un ideal, un antagonismo cómodamente comprensible y manejable contra alguna clase, raza o religión, pues es en el odio allí donde más fácilmente prende la llama criminal del fanatismo».

En esa tarea de encontrar un enemigo fácil, Podemos ha conseguido sublimar todos los males del país en su referencia a «la casta», un ambiguo pero poderoso argumento que es posible estirar o reducir según les convenga. Convierten así la lucha legítima por el poder en una especie de asalto y su ejercicio en una «okupación» —con k— que les permita arrojar del espacio público a esa casta que adquirirá las proporciones que ellos mismos decidan en cada momento.

Es relativamente fácil la movilización de las masas desde esos procedimientos. Más complicado resulta galvanizar a las gentes desde los ideales. La apelación a una vaga regeneración democrática, que es un ideal por el que la sociedad española viene porfiando con escasos intervalos desde la pérdida de nuestras últimas colonias en 1898, carece de la fuerza de la narrativa que aportan los de Pablo Iglesias. La casta enemiga, como los judíos para los nazis, es un concepto evocador al que cada uno pondrá los apellidos que mejor les convenga. Y la lista puede no ser corta: la derecha del PP y sus eventuales acompañantes; el PSOE de la cal viva y de las puertas giratorias; los banqueros; los empresarios del IBEX y asimilados o asimilables; los que consideran que la propiedad es un derecho; los sedicentes nostálgicos de la unidad de España; los enemigos a ultranza del terrorismo, incluidas sus víctimas; los que objetan al discurso nacionalista o, entrando en el ámbito de la moral, los católicos reaccionarios, los belenistas en Navidad o los que piensan que no es admisible el tocomocho de presentar la cabalgata de los Reyes Magos como el desfile del solsticio de invierno.

Animo a mis eventuales lectores a que engrosen ese listado con otras posibilidades. El que se deriva de la regeneración democrática no es seguramente menor. Tiene entre sus integrantes a la corrupción, el despilfarro y la partitocracia, una tríada que se ve acompañada por asuntos tan poco baladíes como el desaforamiento de los políticos y de otros segmentos de la sociedad, la dimisión de los cargos públicos investigados, la elección de los representantes en las instituciones parlamentarias por listas abiertas y no bloqueadas, la profundización de la proporcionalidad del sistema para que cada ciudadano disponga del mismo derecho de elección, la eliminación del Senado, la independencia del poder judicial, la supresión de las Diputaciones, la fusión de Ayuntamientos, la drástica reducción de las empresas públicas…

Un listado amplio, pero al que le falta el elemento del enemigo al que enfrentarse. Un enemigo que en verdad no existe, y si existe se encuentra en nosotros mismos, en nuestro apego a mantener incólumes las cosas que existen aunque seamos conscientes de la necesidad de su reforma, quizás a causa de que algunos hábitos han cuajado entre nosotros como una especie de segunda piel. El sistema no funciona, pero es lo que hay y nos hemos acostumbrado a él.

Contra esas fuerzas atávicas es difícil combatir. Más fácil es crear un chivo expiatorio al que culpar de todos nuestros males.

Pero nadie dijo que la tarea política fuera cosa sencilla.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Intervención parlamentaria con motivo de la comparecencia del ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, Alfonso Dastis, en la correspondiente Comisión del Congreso

48 días después de su toma de posesión, comparece usted Sr. Ministro ante esta Comisión para dar cuenta de los planes que tiene previsto emprender su Departamento para esta Legislatura.

Como quiera que no he tenido la oportunidad de felicitarle en persona y desearle los mejores éxitos en su gestión en estos 48 días, lo hago ahora mismo. Nunca es tarde, dice el refrán, si la dicha es buena.

Por cierto, 48 días después de ser nombrado ya es tiempo para que usted dé contestación a alguna de las preguntas que le hemos formulado para su respuesta por escrito, ¿no le parece? ¿o no se encuentra esta tarea entre las prioridades de su Departamento?

Nos ha hablado usted de un nuevo impulso. Sin embargo, apenas lo he podido observar en la práctica. Poco más que un impulso a la continuidad.

Una política que también debería basarse en los valores. Porque en ese triángulo que forma la acción exterior que están formados por los intereses nacionales, lo completan otros dos ángulos: el derecho internacional y el respeto a los DDHH.

Porque están también los valores, Sr. Ministro.

Y le pondré dos ejemplos.

Hace unas semanas se suspendía el viaje de SSMM los reyes a Arabia Saudita. Un viaje que deberá producirse en su momento. ¿Tiene el Gobierno previsto que la representación del gobierno o bien Su Majestad el Rey evoque ante el Rey saudí la situación del bloguero de ese país Raif Badawi, condenado a una pena de 10 años de cárcel, 100 latigazos y una multa?

Otro ejemplo, un medio de comunicación anunciaba una posible visita también de SSMM los Reyes a Cuba. Recientemente se ha producido la detención del dirigente opositor cubano Eduardo Cardet, sometido a malos tratos y al que podrían condenar hasta a 3 años de cárcel. (Ya sé que usted mismo se interesó por su caso). También permanece detenido el grafitero cubano El Sexto, ¿Tiene previsto interesarse por su caso ante las autoridades cubanas, organizar algún encuentro con sus familias, con la disidencia cubana?

O son ustedes partidarios de que la acción exterior consiste precisamente en no molestar a los regímenes de los países con los que se pretende hacer negocios.

Eso se llamaría mirar hacia otro lado.

No basta con querer ser candidato a las instituciones que velan por los DDHH sino practicarlos en el ámbito exterior.

¿Van a actuar en el sentido de introducir la defensa de los DDHH en su política exterior?

Europa, UE. Hasta ahora estábamos echando en falta la presencia de España y de su presidente en las grandes y especiales cumbres en las que se analizan respuestas ante la crisis que afecta a la Unión. Ahora parece que el Sr. Rajoy está presente. Y es un buen paso. Hemos pasado de no estar a estar. Pero no sabemos si estamos solamente o también hacemos. Y si hacemos... la pregunta sería: ¿qué queremos hacer? ¿hacia dónde queremos que vaya Europa? ¿qué dificultades tienen nuestros propósitos y cómo los vamos a resolver?

Refugiados. Estaban en contra del acuerdo del Consejo de Europa y ya se ve lo que han hecho en la acogida. Hay que activar la solidaridad y conectar con la sociedad española. España tampoco debe mirar para otro lado en este aspecto.

EEUU. Es imprescindible trabajar con la administración Trump, pero no nos olvidemos de los DDHH.

Me ha sorprendido recuperar el concepto de la Alianza de civilizaciones. Más que eso habría que hablar de una alianza de países y ciudadanos civilizados.

Y está el caso de nuestra vecindad sur. Nuestra cordial relación con Marruecos, que nosotros no cuestionamos. Pero que también consideramos debería quedar reequilibradas con el otro gran actor en el Magreb, que es Argelia. Cuya provisión de gas, ininterrumpida aún en las circunstancias más adversas para ese país resulta esencial para España y seguramente para la UE en los próximos años.

Y en Argelia están los campamentos de Tinduf, que acogen a unos refugiados con los que España tiene bastante que ver. Forman parte de un problema de descolonización no resuelto, de un territorio no autónomo del que España sigue siendo aún potencia jurídicamente responsable.

Y la presidencia española del CSNU en este mes de diciembre ha dejado —¿está dejando?— pasar la oportunidad de situar este asunto en el plano de las decisiones que ayuden a remover los obstáculos que impiden su solución. Por ejemplo, intentando incluir en el mandato de la Minurso la observancia de los DDHH. Es la única misión de NNUU que carece de competencia en materia de DDHH.

Hay un instrumento fundamental para la política exterior española. Y es el español, el idioma con el que nos comunicamos los españoles y más de 500 millones de habitantes en el mundo. En algún lugar he leído que Francia estaría dispuesta a abandonar la francofonía con tal de que en México se hablará francés. Y nosotros tenemos a México, pero también a Argentina, al Perú, a Venezuela, a Colombia... a tantos otros países en Latinoamérica y también a otras comunidades en otros países, como es el caso de los EEUU, y otros muchos ciudadanos en otros países que lo quieren aprender.

Y con el español va la cultura, pero también las oportunidades de negocio para las empresas, para los particulares, las inversiones de las empresas a uno y otro lado del océano.

Y con el español va también, permítanme que lo diga con orgullo, España. No siempre conviene que nos fustiguemos con el látigo de los 7 pecados capitales de los españoles, porque es preciso también que reivindiquemos a España. Un país solidario y generoso, un país que ha sabido acoger e integrar a muchos ciudadanos que vienen a vivir y a trabajar con nosotros. Porque España es un país mediano, una potencia mediana, es cierto, pero es un país que cuenta con un gran potencial si le ponemos un poco de ambición al asunto. Nos falta algún trabajo, nos falta limpiarlo de corrupción, mejorar nuestra democracia y gestionar más lo que nos une que lo que nos separa... Eso es España y esos son los valores que se transmiten con nuestro idioma.
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