miércoles, 30 de noviembre de 2016

Por qué apoyamos a Verhofstadt para presidir la Eurocámara


Artículo de Fernando Maura, publicado originalmente en El Español, el 30 de noviembre de 2016

Pocas semanas después de resultar elegido parlamentario europeo, el Grupo de la Alianza de los Liberales y Demócratas (ALDE) me encargó la difícil tarea de elaborar un texto para negociar el reconocimiento del Estado de Palestina. Cuando presenté el acuerdo en la sesión plenaria del grupo, su presidente Guy Verhofstadt, sentado a mi lado, exclamó: “¡Qué bien, un acuerdo a la belga!”.

Y es que Bélgica, país del que Verhofstadt fue primer ministro, constituye un paradigma del rompecabezas europeo, y su tendencia a la fragmentación sólo puede ser combatida con la clave de bóveda que sostiene la política: el acuerdo.

Guy Verhofstadt es capaz de mantener unido bajo su liderazgo a un variopinto grupo de liberales y demócratas europeos que forman parte de dos partidos -ALDE y el PDE- o que son simplemente independientes y no se someten a criterio común alguno. Y tiene la habilidad de ampliarlo hasta el punto de convertirlo en el tercer grupo parlamentario vital para conseguir cualquier acuerdo en la cámara de Estrasburgo.
La política consiste precisamente en trenzar las opiniones en apariencia contradictorias para avanzar
Porque otra de las propiedades esenciales de los mejores líderes políticos es su capacidad de encontrar argumentos y razones para la unión. Lo contrario, apoyar la división, excluir y marginar al adversario, es relativamente fácil.

Existe un atavismo en el ser humano que consiste en el combate y la destrucción del rival, que lo sitúa en el eterno retorno a la tribu. La civilización exige, precisamente, de estrategias contrarias, donde la apelación a los valores de la inteligencia y la solidaridad sean los que prevalezcan.

El pragmatismo y la fidelidad a los principios no constituyen, por lo tanto, categorías antagónicas sino al contrario. La política, concebida como el arte de hacer posible lo que es necesario, consiste precisamente en trenzar las opiniones en apariencia contradictorias para avanzar hacia nuevas metas.
Las respuestas a las crisis que recorren nuestro continente no se encuentran en la renacionalización de sus políticas
Jean Monnet, que fue heredero de un negocio de licores, productor de coñac, uno de los principales inspiradores de la idea de la integración política europea, decía en sus memorias que “Europa se ha forjado en la crisis y es la suma de las decisiones tomadas para superarlas”. Una reflexión muy válida para unos momentos en los que las crisis se multiplican sobre el Viejo Continente: el brexit; los refugiados por causas políticas y los emigrantes económicos; Turquía amenazando con romper el acuerdo con la UE; el próximo referéndum en Italia; las elecciones en Francia, Alemania y Holanda; Trump y la contribución estadounidense a nuestra defensa; la amenaza rusa sobre los países del Este con su recién adquirida condición de socios de la UE. Muchos, demasiados líquidos para ser mezclados de manera positiva en este cóctel que es la Europa de nuestros días.

Porque ese productor de vinos de la Toscana que es Verhofstadt, al igual que Monnet, es un europeísta convencido y un partidario inagotable de la idea de la Europa Federal. Y es que las respuestas a las sucesivas crisis que recorren nuestro continente no se encuentran en la renacionalización de sus políticas, como pretenden los populistas y los gobiernos nacionales que les siguen el juego. Sólo desde una convicción integrada europea será posible resolver los retos que nos acucian y ofrecer respuestas a unos ciudadanos desconcertados ante la ausencia de proyectos que les den confianza e ilusión en el futuro.

Las instituciones europeas, el Parlamento y la Comisión, se encuentran alineados en este propósito. El Consejo y los gobiernos nacionales titubean entre las tinieblas formadas por las incógnitas que provocan las elecciones locales, regionales y nacionales: árboles que no permiten distinguir el bosque que los contiene.
Ciudadanos apoya a Verhofstadt por la inminente necesidad de integrar pragmatismo e idealismo en Europa
Verhofstadt es seguramente el único dirigente europeo capaz de integrar este difícil paisaje, de resolver este rompecabezas sin que padezcan en su solución más que los contrarios a la idea de Europa, que son también los que se oponen a nuestro futuro, los que estarían encantados si una máquina del tiempo les devolviera al siglo XIX.

Ciudadanos, su líder Albert Rivera, Javier Nart, eurodiputado y jefe de la delegación ‘Ciudadanos Europeos’, y gran parte de los europeístas convencidos de la necesidad de integrar pragmatismo e idealismo -que no supone otra que la Política con letras mayúsculas- creemos que Guy Verhofstadt debería ser el próximo presidente del Parlamento Europeo, la única institución -recordémoslo- legitimada por el voto popular a escala europea. Una institución clave para dirimir todos los cuantiosos contenciosos ante los que Europa se enfrenta.

*** Fernando Maura es portavoz de Ciudadanos en la Comisión de Asuntos Exteriores y la Unión Europea en el Congreso de los Diputados.

España y Cuba después de la muerte de Castro



Artículo de Fernando Maura publicado originalmente en Diario 16, el 27 de noviembre de 2016

Si ha existido una política internacional de consenso en España respecto de algún país esa ha sido la referida a Cuba. Y es que la relación entre dirigentes y población, españoles y cubanos, ha sido muy estrecha durante la época colonial y en adelante. De hecho, la pérdida de Cuba en 1898 constituyó más aún que la de Filipinas el replanteamiento de nuestra estrategia exterior y aún interior. El nacimiento del regeneracionismo español que recorrería gran parte del siglo XX -con la excepción de la guerra civil y la dictadura del general Franco- aún pervive en nuestros días. Y tuvo su origen en Cuba.

No es por lo tanto de extrañar que, por lo menos desde los tiempos del mismo general Franco hasta nuestros días -y con la excepción de los dos mandatos de Aznar-, la posición española de no molestar a un régimen consolidado en una dictadura populista que encontraba sus referencias ideológicas en el comunismo soviético la hayan mantenido tanto los gobiernos de centro-derecha como los socialdemócratas. Una singular mezcla de intereses económicos y de admiración tardorrevolucionaria procedente del agit prop de los años ’60 podría encontrarse en el origen de ese pacto interpartidario en el que participarían desde la AP de Fraga hasta el PP de Rajoy-Margallo, pasando por la UCD y el PSOE.

Un consenso que ha podido coincidir con la reciente política emprendida por el presidente Obama y la apertura de relaciones diplomáticas entre EEUU y Cuba, paso previo a una estrategia de inversiones en la isla que muy pronto fue seguida por algunos gobiernos europeos y por la misma UE.

Y no se trata de negarse a mantener relaciones diplomáticas con un país o abrir canales comerciales con él, pero si en ese país se ven conculcadas las libertades democráticas y su población se encuentra sumida en la escasez, las democracias occidentales que viven en la opulencia y en el respeto a las libertades individuales no deberían mirar hacia otro lado.

Pero lo han hecho. Y la fascinación por ese personaje desaparecido ahora encuentra en buena parte la explicación de lo que digo. Y su imagen aparece ahora superpuesta a los retratos de los protagonistas del siglo XX, Kennedy, Krutschev, el mismo Che Gevara… iconos todos de ese siglo que se despide definitivamente este mes de noviembre.

Habrá quienes dediquen estos días su recuerdo a ese fracasado estudiante en un colegio de los jesuitas, sobrino del cardenal de La Habana, juzgado y absuelto gracias a ese parentesco y dotado de una verdadera avidez por el poder. En cambio yo prefiero dedicar mi recuerdo a quienes Castro no ofreció ninguna oportunidad. A los disidentes cubanos, Berta Soler y sus Damas de Blanco, Yoani Sánchez, Dagoberto Valdés, Elizardo Sánchez… por citar solamente a los amigos. Y a Oswaldo Payá, cuyo presunto asesinato a cargo del régimen de los Castro nunca fuera objeto de una investigación fiable. A ellos, a sus familias desconcertadas y marginadas, a sus seguidores -algunos de ellos residentes en España como Carlos Payá o Regis Iglesias– y a todo el pueblo cubano que tiene derecho a la libertad debería dirigirse nuestra preocupación.

Cuba ha visto desaparecer al icono de esa revolución que no sería otra cosa sino la consolidación de un poder autoritario y dictatorial, cuyos beneficios llegarían sólo a una elite privilegiada de militares y burócratas y condenaría al conjunto de su pueblo a la dura tarea de pelear a diario por su subsistencia. Hay un dicho en Cuba según el cual la proeza del cubano medio no consiste en llegar al fin de cada mes, sino al fin de cada uno de los días.

La muerte de Castro debería constituirse en una ocasión para un cambio político que alumbre el cambio económico que permita conseguir a la sociedad cubana unos niveles de libertad y de desarrollo económico que la sitúe en el lugar que merece. La desaparición de los dictadores acostumbra con llevarse con ellos a los regímenes que crearon. Pero la sucesión ya operada en el seno de la unidad familiar castrista no permite augurar grandes cambios en el régimen fundado por Fidel. Aunque es cierto que el carisma de su hermano no lo tiene Raúl, la cuestión por dilucidar es si el hermano quiere y puede continuar con la dictadura.

Habría que “ayudarle”. La diplomacia europea y española debería pensar en los cubanos y en su futuro, no sólo en nuestros intereses comerciales a corto plazo. Porque, entre otras cosas, además de afirmar nuestros valores democráticos, siempre serán más seguras nuestras inversiones en un país que cumple las exigencias del Estado de Derecho y el principio de legalidad que en otro donde la ley constituye una simple emanación de la voluntad del dictador.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Mirando en la dirección de los que sufren más que nosotros



Volando hacia Atenas, donde me espera la visita a un campo de refugiados, recuerdo la reflexión que una vieja señora armenia me dedicaba una tarde, tomando un té en su casa de Jerusalén. Era el año 2007, yo acababa de perder a mi hija de 20 años, todos transcurridos en un hospital y pensaba que la vida había sido injusta conmigo: mi hija; mi mujer también había fallecido, cinco años antes y mi existencia pasaba entre amenazas terroristas, limitada por la estrecha vigilancia de mis escoltas.

Y la vieja señora armenia nada sabía de eso. Sin embargo me advertía, filosófica: «Tenemos que mirar siempre en la dirección de los que sufren más que nosotros». Y es que en esa reunión alguien había referido la historia de un joven de aquella familia que vivía una historia de amor por Internet con su novia, residente en Palestina. La locura de los hombres había puesto barreras a su cariño. No les permitían el encuentro.

Los campamentos de refugiados están poblados de gentes que sufren, que huyen de sus hogares y transitan cientos de kilómetros, cruzan el mar y se hacinan allí a la espera de que se les ofrezca una oportunidad para ser libres, para encarar su futuro y el de sus familias con la dignidad que cualquier ser humano merece.

¿Qué les puedo yo decir acerca del sufrimiento? Nada. Ninguno es comparable.

Yo vengo también de la tristeza y de la vergüenza. Una serie de twitts advertían a mi compañero y amigo Juan Carlos Girauta, «mucho cuidado con lo que dices», le decían. Comoquiera que el comunicante de esos escritos es sobrino mío, pensé que convenía situar el lamentable hecho en la perspectiva familiar de un antepasado común, político de la Restauración. Quienes acusan corren el riesgo de resultar acusados, pensé; quienes advierten el de ser advertidos. Y escribí un artículo sin amenaza ni chulería alguna, correcto en la forma y firme en el fondo. Pero lo que nunca llegué a imaginar era que el padre de quién dedicaba esa amenaza virtual —un hermano mío— me fuera a achacar que me había aprovechado de ETA en uno de sus twitts descalificatorios, dedicados a mi persona, a Juan Carlos Girauta o a otros familiares nuestros.

Es el signo de los nuevos tiempos, si Girauta se queja de los aplausos podemitas a Bildu, sale el de Podemos vasco a advertirle, para luego presentarse como víctima de la operación. Y luego su padre, que conoce mi condición de víctima, me convierte, si no en victimario, sí en beneficiario de esa condición. ¿Pero quién arrojó la primera piedra? ¿Fue Juan Carlos? ¿Lo fui yo? ¿Me he aprovechado yo de ETA? Parece que está claro, aunque en el protocolo de Podemos la historia siempre se cuenta del revés.

Ya es demasiado, ya se han cruzado todas las líneas rojas, ya la miseria humana y el odio asoman en los labios de jóvenes y menos jóvenes.

Todo lo que he escrito para el conocimiento del público está ahí. Lo pueden comprobar. No hay en ello más que la constatación de la tristeza y la vergüenza. Nunca de la descalificación, la amenaza y mucho menos del odio. Y hay demasiado odio en la España que vivimos. Odio joven y odio de algunos mayores. Odio que es devastador, porque es destructivo, porque desde él no hay nada que se pueda construir.

Y yo no quiero, no podría, contribuir a atizar ese odio. Y si no hay nadie que les mande parar, al padre y al hijo, a sus compañeros o cercanos en el mundo de las ideas que en realidad son no-ideas, yo sí voy a parar. Creo que ésta debería ser la España del encuentro y de las reformas profundas, no la España de la distancia y de las trincheras que a la postre consolidan la reacción porque la provocan. Y ésa no es la España que yo quiero.

Queda con esto dicho que no voy a contribuir a darle vueltas infinitas a la rueca de los desatinos y de las injurias, pero quede dicho también que tampoco me voy a callar si me siguen increpando.

No abrigo una gran confianza en que así sea y que los gritos cesen. En todo caso, hablar bajo no parece resultar audible en medio de la ruidosa vocinglera de algunos. Pero no deberíamos pensar que por eso tengamos todos los demás que dedicarnos a gritar.

Y si ha habido tristeza, pesar y vergüenza, que la ha habido, recordemos a la vieja señora armenia, a los refugiados en los campos griegos, a los que sufren en cualquier parte de este atribulado mundo.

Parafraseando a Leonard Cohen, nuestro sufrimiento no es una credencial aquí, porque es solo la sombra de la herida de los otros.

El discurso del Rey y la regeneración democrática


Artículo publicado originalmente en Diario 16, el viernes 18 de noviembre de 2016

No hubo, apenas, la dosis de circo que estaba prevista en los escaños podemitas y sus alianzas varias. Acaso la ausencia de cordialidad en lo tocante a los gestos. No aplaudieron ni acudieron a saludar, lo que se puede considerar de mal gusto cuando un anfitrión recibe a cualquier invitado, y tan augusto además. En eso quedaría, en un gesto de mala educación. Tampoco podría sorprendernos, a la altura del tiempo en que llevábamos conociéndoles, que no se unieran al homenaje a las víctimas del terrorismo. Sus entretejidas compañías les han puesto en el lugar —una vez más equivocado— de la historia en el que se diría que todo lo ocurrido en los años de plomo ni siquiera ha pasado.

Por lo demás, el solemne acto de inauguración de la legislatura resultó irreprochable. La recepción al Rey y su familia con una larga ovación, el discurso de la Presidenta del Congreso y, finalmente, el más importante, el del Rey, quedan como recuerdo de la necesaria relación de estos tiempos con los vividos durante la Transición, como si el legado de ésta nos pudiera servir para acometer la actual.

En las palabras del Rey asomaría con rotundidad la mención a la regeneración democrática, que es una tarea pendiente en España desde muy antiguo, al menos desde la pérdida de las últimas colonias en 1898, y que sólo en otros periodos de tiempo quedaba absorbida por fenómenos convulsos y tristes de nuestra historia —la guerra civil, la dictadura franquista—. Y es que para exigir la regeneración primero debe existir una democracia, un régimen de libertades que nos permita su profundización.

Una difícil tarea, sin embargo en los tiempos actuales. Una carrera de obstáculos en la que deberemos acometer las causas de la crisis integral en la que todavía ahora nos vemos sumidos y en la que ninguno de los asuntos constituye mayor prioridad que los otros. Y si la crisis económica y los recortes y ajustes decididos para su solución supusieron el hundimiento de la clase media, está claro que sólo a través de una decidida apuesta por ella podríamos conjurar los efectos perniciosos que la provocaría, en especial el nacimiento del populismo.

Pero nos equivocaríamos si entendemos que basta con eso para recuperar un cierto aliento para la convulsa vida política española. Es trascendental esa tarea, pero no lo es menos la de dotar de una nueva legitimidad a la vida política española. Y en ese punto ni siquiera nos encontramos en la situación en la que estábamos en las elecciones europeas de 2014, cuando irrumpieron las nuevas fuerzas políticas que enterrarían el sistema bipartidista que habíamos conocido hasta ahora. Lo ha dicho el Rey en su discurso del 17-N: la repetición de elecciones, el largo periodo de tiempo transcurrido hasta la formación del gobierno, ha alejado aún más si cabía a los representantes de los representados.

Porque es bastante improbable que seamos capaces de inventar un sistema diferente al de la democracia representativa y que funcione adecuadamente. Las propuestas del populismo y su permanente llamada a los procedimientos referendarios no sólo no constituyen una solución a los problemas que supone el funcionamiento democrático sino que los agravan. La división política y social que suponen, al arrojar la patata caliente de las cuestiones no resueltas a los ciudadanos constituye un error de gravísimas consecuencias para el futuro de los países en los que se producen. Tomemos como ejemplo el reciente referéndum del Brexit y contestemos a la siguiente pregunta: ¿está hoy el Reino Unido más integrado ahora que antes del referéndum? Supongo que una contestación negativa a esta cuestión será pacífica. La ruptura social y política ha avanzado en ese país a todos los niveles. Los ciudadanos urbanos contra los rurales, los jóvenes contra los mayores, los ingleses contra los escoceses, los irlandeses del Ulster contra Irlanda… A lo que habría que añadir la siguiente pregunta: ¿no habría sido mejor que esa cuestión la hubieran resuelto los representantes británicos en la Cámara de los Comunes en una negociación con las autoridades europeas?

El fortalecimiento de la democracia representativa y la profundización de su autenticidad nos debería llevar a una relación más directa entre los ciudadanos y los miembros de las cámaras legislativas. Lo que ocurre, por cierto, a nivel municipal, donde un vecino sabe que puede disponer —y dispone, de hecho— del tiempo de los concejales, debería trasladarse al nivel autonómico y nacional. Para ello es preciso desterrar las viejas prácticas que han alejado a determinados niveles de representación de la ciudadanía, partiendo de un cambio de estilo en la relación entre ambos y ensayando otros procedimientos de elección que los acerquen, sin que por ello se pierdan por el camino los criterios de muchos ciudadanos como ocurre con los sistemas mayoritarios.


Una complicada tarea que esta legislatura debería asumir.

jueves, 17 de noviembre de 2016

La luz de Leonard


Artículo publicado originalmente en Diario 16, el miércoles 16 de noviembre de 2016

Han sido muchas noches solitarias tratando de desentrañar el significado oculto de sus palabras, unas palabras que surgían de una voz cavernosa y que presentaban imágenes aterradoras de una realidad que no podía ser como la de Platón porque los personajes y las situaciones que él evocaba estaban frente a nosotros, aunque no los quisiéramos ver. “He visto el futuro, hermano. Es un crimen”, escribió una vez que caía el muro en Berlín y el mundo ya no volvería a ser ese lugar ordenado, partido en dos, pero previsible al cabo. Allí se veían las vejaciones a las mujeres, a Charlie Manson o se solicitaban los abortos con tal de evitar que hubiera nuevos seres que perecieran en ese confuso mundo que empezaba a nacer… En tanto que el viejo hombre y la vieja mujer blancos seguían bailando.

Pero eran noches que se iban en el ritmo del baile que concluía en el fin del amor. Entonces no sabía muy bien si ese final no estaba ligado a ese ser trascendente que nos enseñaron nuestros padres y que nosotros hemos querido abandonar, ese dios con letras minúsculas o mayúsculas que era al cabo la sublimación del amor humano, como proclamaban nuestros poetas místicos, aunque Leonard no parece que los hubiera leído. Es igual.

La suya fue una larga historia de amor que tenía muchos nombres: Marianne -“So long…”-, Suzanne -esa señora del puerto que sostenía un espejo en tanto que los niños se alineaban- o aquella enigmática amiga dura de oído y que contestaba lo primero que le venía a la cabeza y a la que dedicaría su “Joan of Arc”. No, de Joplin no deberíamos hablar de amor, fue más bien sexo oral mientras que las limusinas recorrían las calles de Nueva York.

Hay algún momento en que ya no era tanto el amor físico sino el espiritual. Quizás esa frontera estuviera en “Lover, lover, lover…”, cuando pedía a su Padre que cambiara su nombre, porque ya estaba avergonzado de llevarlo. Quizás fuera en otro momento, pero se sumergiría tanto en ese mundo espiritual que Dylan dijo que sólo escribía oraciones. Lo cierto es que nunca dejaría de hacerlas y que su último disco no es sino una larga plegaria dirigida a todos los dioses que le acompañaron durante su vida, pidiendo a ese Jesús “roto, antes de que se rasgaran los cielos”, de Suzanne, que hiciera un pacto entre el amor de éste y el de Leonard, en una suerte de reconciliación entre el Viejo y el Nuevo Testamento. Volviendo a “The Future”, él era el pequeño judío que escribió la Biblia.

Y Leonard atravesó su vida sin decirle no a nada. Bebió lo que se le puso por delante, tomó las drogas que quiso, experimentó con las religiones más diversas, visitó muchos países y deleitó a muchas gentes con un tono cada vez más profundo, moderado por la suavidad de Sharon Robinson y las Webb Sisters. Claro que él había nacido con el don de una voz de oro y vivía en la Torre de la Canción.

No podía interpretar sin sentir lo que decía, no era capaz de cantar “Marianne” como quien lee de corrido un artículo de prensa. “Volveré cuando esté preparado”, dijo en una ocasión. Y si no funciona les devolveré el dinero. Cuando salió de nuevo al escenario cantó deshaciéndose en lágrimas y su público lloraría con él.

Fue un hombre elegante y digno. Siempre había vivido dentro de un traje, desde que su padre tenía una sastrería. Se entregaba en sus conciertos de tal manera que ni él ni los asistentes queríamos que acabaran jamás. Como un padre que despide a sus hijos después de una celebración familiar, Leonard nos decía que tuviéramos cuidado al dirigirnos a nuestras casas, que condujéramos bien, que nos protegiéramos a nosotros mismos… ya que él no nos podría acompañar en ese caso. Le pasó en algún lugar de Francia -creo-, que invitó a todo el público de su concierto a que le acompañara a su hotel, originando un follón morrocotudo. Se supone que nunca más volvió a cometer ese error.
De ese su tiempo vivido que fue también un poco el nuestro porque quiso compartirlo con nosotros, Leonard también extrajo su punto de remordimiento. “Ahora que estoy limpio y sobrio, dime si me querías entonces. Amen, que así sea”, cantaba en el disco “Popular Problems”, el primero de los que formaron su triada final.

Es seguro que su dios también le quiso, como le quisimos nosotros. Porque Leonard ha sido para muchos el más grande: supo ser el más cercano sin dejar de ser el más alto, un señor de la poesía y la canción, ese amigo que como Suzanne nos invita a tomar ese té con un regusto a naranja mientras te coge de la mano y te invita a escrutar los mundos en los que los muros tienen hasta grietas por las que pasa la luz.


Una luz maravillosa que es su legado. Y ahora que se ha ido nos cabe recordar su canción, todas sus canciones, en especial la que era como tantas otras una oración: “Si fuera tu voluntad, haz que termine esta noche”. Para él ya ha concluido. Y la luz le iluminará para siempre.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Los políticos españoles ante las elecciones en EEUU (Ciudadanos)



Artículo original publicado en La Razón, el 8 de noviembre de 2016.

CIUDADANOS

«Un triunfo de Trump sería una mala noticia para España»

Una victoria del candidato republicano Donald Trump constituiría, por lo pronto, una mala noticia para los aliados tradicionales de EE UU, entre los cuales se encuentra España. Las manifestaciones realizadas por el candidato en favor de Rusia y de su líder Putin, que viene manteniendo el viejo discurso de la Gran Rusia y ha puesto en marcha un programa militar de no poca consideración está afectando a nuestros socios de la UE en el este de Europa. Estados Unidos gobernado por un populista, que centrará su atención en los problemas interiores, llevará a ese país a recogerse sobre sí mismo y replantear sus relaciones comerciales. Su contribución a la defensa bajo el paraguas OTAN decrecerá y su política europea e internacional padecerán como consecuencia de esa actitud.

Sin embargo, el peso de la Administración, la presumible minoría en el Congreso y en el Senado que tenga ese Gobierno tenderá a mantener la inercia de las políticas hasta ahora emprendidas por ese país, lo cual ayudará a una diferenciación entre las manifestaciones realizadas por el candidato durante la campaña electoral, suavizando en la práctica su discurso. Otros populismos también se han debido resituar llegado el momento del ejercicio del poder.

Si este pronóstico se ve confirmado, sólo quedaría pendiente conocer el tiempo del aterrizaje en la realidad del eventual presidente y el daño que produciría.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Halloween parlamentario

Artículo publicado originalmente en El Mundo Financiero, el 2 de noviembre de 2016


PERIPECIAS DE ORDEN INTERNO EN LA COFRADÍA


La intervención del portavoz del PP en el debate previo a la primera votación de la investidura del candidato Rajoy sublevaría a los de Podemos. En esta ocasión, podría agregar, porque se diría que Hernando sólo disfruta cuando abandona las cuartillas de su discurso y arremete al contrario, al que corresponda. En el anterior debate de agosto, seríamos los de Ciudadanos el objeto de sus invectivas. Claro que entonces el cara a cara entre el presidente en funciones e Iglesias lo fue de florido guante blanco y de ironía y lisonjeo mutuos. Tengo para mí que es mejor esquivar la estocada irritante de Hernando que formularle un desplante. A la vista está que el lenguaje flamígero del portavoz del PP se corresponde más bien a las épocas pasadas de aquel bipartidismo, cuyas imperfecciones se situaban precisamente en la descalificación y la arrogancia. Dejar la espada muerta en el aire es siempre mejor que reconocer la herida, además de que supone ocasionar el mayor desconcierto posible al rival.

Es verdad que Iglesias se pasó de frenada -o que acaso su vehículo carezca de frenos-. Su estilo oratorio busca la provocación, como el de los chulos de barrio que se diría pretenden justificar su posterior estallido violento a quien responda a sus descalificaciones. En realidad lo ha dicho de forma categórica el principal responsable de Podemos: «el día que dejemos de dar miedo no tendremos sentido».

Fue poco edificante y... parlamentario sólo en cuanto a lo que debieran haber visto hace un siglo o siglo y medio los muros de la cámara: mucho ariete, poca sustancia. En todo caso los dos, Iglesias y Hernando, estuvieron mal. Hubo alusiones del segundo al primero y la presidenta debió darle la palabra al de Podemos. No fue así y la bancada populista dejaría el hemiciclo entre las protestas de estos y las de los populares. Unos y otros se diría que entienden el hemiciclo como un escenario de confrontación circense. Esperemos que no resulte antesala de un nuevo Coliseo español en el que todas las semanas de pleno nos encontremos abonados al espectáculo.

No servirá de consejo, entre otras cosas porque nadie me lo pide, pero en ese circo renovado tienen más que perder los de Rajoy que los de Iglesias. El más difícil todavía que proclaman las actuaciones de los equilibristas que desafían el vacío con un triple salto mortal le es más fácil a los podemitas, precisamente porque lo suyo es el duelo faltón y los populares, hooligans impostados, sólo lo hacen por diversión.

Y cuando se iban del hemiciclo, recordaba yo mis primeros años de parlamentario vasco, cuando los de Batasuna ni siquiera aparecían por la cámara a recoger sus credenciales. ¿Volverán?, me preguntaba.

Y es que el abandono de las tareas parlamentarias tiene también su precedente en la política parlamentaria nacional. Cuentan Gabriel Maura y Melchor Fernández Almagro que, durante el debate de la ley de jurisdicciones en 1909, el solidario Salvatella incurrió en el error de exigir «de inmediato» la derogación de dicha ley; imposición a la que de modo alguno podía plegarse el presidente del Consejo, Maura, pero que tampoco había de hallar eco en Moret, autor de la famosa ley. Sólo una brillantísima intervención de Cambó, requerido por sus mismos compañeros de minoría, logró evitar un desastre, obteniendo de Maura que incorporase la derogación de la ley a su programa parlamentario —pero suprimiendo la palabra «inmediatamente».

Seis días más tarde, Maura comentaba: «Los solidarios, según dicen, tardarán poco en volver a asistir, es peripecia de orden interno en la cofradía».

En efecto, volverían los solidarios catalanes como volvieron los de Podemos a votar que no al candidato.

Las luminarias del hemiciclo se apagaban y las sombras de los antiguos políticos de la Restauración canovista menudeaban por entre los escaños, reconociendo los turbulentos de antaño a los de hogaño, en un feliz episodio de Halloween parlamentario. Y si los de aquellos tiempos ocupaban sus horas en lo adjetivo, esperemos que los de ahora podamos hacer algo por resolver los verdaderos problemas del país. Algunos lo intentaremos.
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